lunes, 28 de abril de 2008

Vida y muerte


No he desentrañado aún ningún misterio, ni he clausurado ninguna de mis puertas. Quiero permanecer alerta ante el ataque de la fragancia sin igual de los jazmines, que ya salen a mi encuentro de regreso en las noches cuajadas de cielo raso y entraña azul inacabable.

Quizá, tan sólo soy capaz de encaramarme en el blanco pretil de la azotea y ver como los gatos caminan justo enfrente, con su almohadillado paso, flexibles, arrulladores y desafiando alturas. Buscando...

O cómo se mueven oscilantes los puntitos de luz del horizonte. Abajo, la carretera, convertida en una serpiente interminable, es recorrida por cientos de luciérnagas que deambulan, van, vienen y centellean. Cada una de ellas, guarda alguna historia, transporta una palabra de amor, o un desamparo, o un "ésto se acaba", o una promesa que no será cumplida.

Nunca desentrañé ningún misterio, y me conformo sólo con apoyar mi espalda en la encalada almena, y respirar la brisa de la noche. Mi nariz reconoce la marisma, aún salvaje, reino de sal, compuertas y sepina.

También huelo a tabaco. Alguien ha prendido un cigarro no lejos de mi puesto de guardia improvisado. Y me llegan los ecos de una melodía. Abajo, alguien baila.

Soy una estatua y no quiero moverme. La brisa de la noche posa sus dedos de tafetán sobre mi cara. Mientras, la bajamar lustra el fango.